Arturo Goicoechea

¿Falta de concentración?

Arturo Goicoechea · · Actualizado:

– Ultimamente no me concentro. Se me olvida todo. He perdido mucha memoria.

– Por ejemplo…

– Sin ir más lejos… el mes pasado… Lo recuerdo perfectamente… Había ido con mi cuñada…

Los relatos sobre “pérdida de memoria y falta de concentración” sorprenden por su precisión. Los olvidos son recordados con todo detalle. Todas las circunstancias del marco en el que se producen son referidos sin titubeos, como si se estuviera produciendo el lapsus en ese momento. La rememoración minuciosa del olvido, sorprendentemente, aumenta la zozobra y la convicción de que la memoria no anda bien.

– Recuerda usted muy bien los olvidos, señora…

– No me los puedo quitar de la cabeza. Todos los días tengo alguno. Ayer mismo…

Es difícil hacerles ver que su relato es una exhibición de buena memoria y mejor concentración… en la retención de episodios de olvido.

– No me parece normal. Antes no se me olvidaba nada. Lo tenía todo en mi cabeza y sacaba las tareas sin problemas. Ahora no me concentro. Comienzo con una cuestión y se me va la cabeza…

– ¿A dónde?

– No lo sé pero tengo que esforzarme para mantener la atención en lo que estoy haciendo.

La mente es una facultad muy disputada. Dispone de menos recursos de los que pensamos y los concentra en una sola tarea. Los ámbitos de relevancia pelean entre sí para hacerse con la atención.

A veces lo que preocupa es la calidad de la mente y esta no hace mas que mirarse al espejo tratando de captar arrugas y defectos. Mientras tanto, la casa sin barrer.

Si lo que le preocupa a la mente es su calidad, fijará obsesivamente su foco atencional en la detección de olvidos y en la capacidad de concentrarse en una tarea imposible: trabajar en el ordenador vigilando angustiadamente por si se producen fallos. Es como tratar de dar un concierto pendiente de lo que hacen los dedos. El pianista cometerá cada vez más fallos, que recordará perfectamente.

– Ya no recuerdo las partituras. No me concentro en la ejecución. De repente me quedo en blanco. Ayer mismo… en un pasaje que nunca me había dado problemas, no sabía…

– Olvídese de las manos y piense en música. Usted no toca el piano. Es su cerebro. Deje que sea él el que dé el concierto.

La obsesión por los resultados, la incertidumbre sobre nuestro organismo, desvía nuestra atención del contenido de las tareas a una inspección angustiada sobre la calidad del rendimiento. Nos concentramos en captar nuestros fallos. Perdemos automatismo. Sustituimos a nuestro cerebro para hacernos cargo de cuestiones para las que no estamos capacitados.

– Se me olvidó bajarme del autobús en mi parada.

– ¿En qué iba pensando?

– No me acuerdo. Se me olvida todo, ya le he dicho…

Cuando surge la desconfianza en la capacidad, se reorganizan los focos de atención. El cerebro se concentra en contabilizar fallos y deja de facilitar recursos para las tareas que nos interesan. Vemos la botella medio vacía. El problema deriva de una excesiva concentración en la función de vigilancia y retención de olvidos.

Demasiada concentración y memoria.

– Tiene que concentrarse menos. Olvídese de sus olvidos y recordará normalmente, es decir, sólo lo justo para poder trabajar. Lo ideal es librarse de todo lo irrelevante. Contabilizar minuciosamente su rendimiento intelectual es irrelevante. Sabemos que su capacidad es normal. Confíe.

– No me convence… Yo antes recordaba todo y no se me iba el santo al cielo o al infierno…

– Tiene razón. Su memoria ha empeorado. Ha perdido confianza. Sin ella no chuta.

– ¿No me puede dar nada para la confianza?

– Hay cuestiones que se escapan a la química…

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