Decidir
La vida está marcada por la intencionalidad, por la decisión. La realidad se nos muestra habitualmente envuelta en incertidumbre y, a través del aprendizaje como especie y como individuos, vamos construyendo árboles de decisiones con acierto variable.
La decisión define más ámbitos de los que suponemos. De hecho hay siempre una resolución, no sólo en lo que hacemos, sino también en lo que sentimos, en emociones y percepciones. Vemos árboles, casas y personas porque el cerebro ha decidido que así sea, tras recibir unas señales procedentes de la retina e interpretarlas aplicando el cálculo de probabilidades.
Cuando sentimos dolor es porque el cerebro decide que suframos, nos encontremos afligidos por esa desagradable sensación, que prestemos atención a la zona dolorida y nos conduzcamos de forma protectora.
Si tomamos un calmante y el dolor sigue es porque el cerebro decide mantener el programa esperando a una acción más enérgica. Si acudimos a Urgencias a que nos apliquen “algo en vena” y el dolor cesa es porque el cerebro decide retirarlo tras quedarse conforme con la terapia.
Cada segundo está repleto de decisiones y cada decisión está alimentada por expectativas y creencias. Estas decisiones se expresan a través de variaciones en la liberación de mensajeros químicos. Serotonina, noradrenalina, dopamina, glutamato, opiáceos, colecistoquinina, GABA, sustancia P, CGRP, NO, prostaglandinas… bailan sus cifras al son de las decisiones.
El dolor no se produce por descenso y ascensos de moléculas sino que estas suben y bajan porque el programa contiene esas oscilaciones. El cerebro crea partituras que deben ser ejecutadas. Cada crisis de migraña es una “obra” archivada que se ejecuta por las moléculas cuando se incluye en el programa de ese día. Tiende a repetirse una y otra vez sin variación porque así lo marcan las notas impresas en el pentagrama.
La partitura de la migraña no está en los genes, como sostienen los neurólogos sino en la cultura y la cultura es un caldo de cultivo de decisiones ajenas disfrazadas de decisiones propias.
Una migraña es, evidentemente, una decisión cerebral errónea. Obedecer una decisión errónea por parte del individuo es también una decisión errónea.
La migraña es un despropósito, un cúmulo de errores, de decisiones fóbicas irracionales que exigen, absurdamente, conductas de evitación (calmantes, meterse al cuarto oscuro, vomitar…).
Para los neurólogos los errores se producen en los genes y en la conducta del individuo y no hay lugar para los errores de decisión de encender y/o apagar programas. No existen las decisiones neuronales, al parecer.
Es urgente que se empiece a considerar un apartado de la patología: el de las decisiones erróneas. Así podremos empezar a abrir caminos al apartado de las soluciones: el de la corrección de los errores en las decisiones. Para ello tenemos que empezar a derribar las doctrinas erróneas…
– De acuerdo pero ¿quién nos garantiza que son erróneas?
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