Premios y castigos

La conducta está guiada por sensaciones agradables y desagradables. Algo en nuestro interior nos va diciendo lo que debemos hacer o evitar. Si no obedecemos sentimos un desasosiego que se esfuma si, por fin, obedecemos a las sugerencias.
El cerebro va estableciendo catálogos de conductas deseables e indeseables apoyándose en motivaciones biológicas (supervivencia individual y de especie) y culturales (cognición social).
Estas motivaciones no siempre son aparentes para el individuo consciente, quien se limita a conducirse por la lógica de actuar en la dirección de sentirse bien.
Sentirse bien no quiere decir necesariamente disfrutar, sentir placer. Generalmente el bienestar se limita a la supresión de un malestar previo. El premio, con alguna excepción, consiste en el levantamiento del castigo.
El mayor deseo cerebral es la supresión de la incertidumbre. El cerebro necesita calmar sus miedos. El hambre, la sed, el cansancio, el mareo, el dolor…son expresiones de la preocupación cerebral por la escasez de alimentos, líquidos, caídas o lesiones (necrosis). A través de ellas el cerebro consigue que el individuo coma,beba, descanse, se agarre, detenga su actividad y busque alivio analgésico.
Al cerebro le gusta que se le obedezca, que se calmen sus angustias y si no es así protesta cada vez con más fuerza. Es como un crío llorón que consigue, al final, todo lo que se propone.
El cerebro tiene berrinches, burros, morros, miedos ridículos, inseguridades, caprichos… y eso repercute sobre el individuo que es el que los aguanta, el que no tiene más remedio que plegarse a los estados emocionales del “pequeño dictador”.
Si uno va cediendo estará malcriando a su cerebro y eso hará su vida insoportable.
La cultura, la información “experta”, anima el proceso de malcrianza potenciando todos los excesos. Hemos criado cerebros miedicas y asustadizos que no dejan de expresar sus miedos irracionales, infantiles, a todo tipo de supuestas calamidades e inconveniencias.
– Si no tengo nada, ¿por qué me duele?
– Su cerebro es un pesado. Le está amargando la vida. No le deja ni moverse.
– ¡Venga ya!
…
Llevamos a cuestas la cruz de un cerebro pelma y debemos ser conscientes de ello, ocuparnos de educarlo, de corregir sus malos modos de crío caprichoso y miedica. De otro modo lo tenemos claro.
– ¿Mi cerebro? ¡Yo no tengo cerebro! ¡Me duele y punto!
– Tiene que hacer algo con su cerebro. Hágame caso. Si le sigue dando todos los caprichos: calmantes, bocadillos, aguas, agujas, brevajes, reposos, bajas, masajes, gimnasios, dietas, privaciones… cada vez le irá exigiendo más y más…
…
Hay una estructura fundamental para entender todo esto: el llamado Sistema de recompensa. Es el que aprieta las clavijas a nuestra conducta con una amplia gama de castigos y el premio de levantarlos si obedecemos… y con algún que otro caramelo engañoso para que sigamos creciendo y multiplicándonos.
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