Cervicales

La función del cuello es facilitar que los ojos palpen a distancia los objetos. Los ojos se mueven con libertad y precisión en el interior de las órbitas pero necesitamos ampliar el campo de observación con el movimiento de la cabeza sobre el cuello y el de las propias vértebras cervicales entre sí.
A veces los objetos de interés están quietos y el sistema ojos-cabeza-cuello debe ofrecer estabilidad y fijeza, y otras se mueven rápida e irregularmente exigiendo al conjunto ajustes vivos y precisos para no perder detalle.
Somos una especie visual y damos por supuesto que la evolución habrá ido seleccionando aquellos individuos que, al menos durante su época fértil, hayan demostrado una habilidad suficiente para leer adecuadamente con los ojos el mundo (incluyendo a sus congéneres). Ello exige, además, una capacidad de la estructura cráneo-cervical para soportar el estrés de la exploración visual continuada. La cabeza no pesa gran cosa, apenas 2 kilos, por lo que las vértebras cervicales no tienen que soportar una carga excesiva. No parece, por tanto, que la evolución hubiera de tener demasiados problemas para conseguir el objetivo del seguimiento visual sin poner en peligro la integridad de las vértebras del cuello.
No sabemos nada sobre quejas cervicales de Homo sapiens (ma non troppo) hasta que se descubrieron los rayos X. Suponemos que nuestros antepasados también se mareaban y sufrían dolor en cuello y cogote pero probablemente no culpaban a su columna. Cuando pudimos “echar los rayos” al interior, todas las sospechas empezaron a recaer sobre la columna. Las radiografías afloraron columnas torcidas, rectificadas, desgastadas, deformadas y decalcificadas. El cuello se mostró como el peor enemigo de la cabeza (y de los ojos). No sólo había perdido movilidad sino que estrangulaba las arterias que ascendían hacia el cerebro comprometiendo su “riego”.
El cuello, fiel aliado de ojos y cabeza durante millones de años de lucha por la supervivencia, se ha convertido en una zona vulnerable, frágil, deformada, avejentada prematuramente, que ya no sirve para mirar ávidamente y con precisión el mundo.
Al parecer, no hay muchos motivos para sentirse orgullosos de nuestra cervicalidad actual. Apenas podemos mirar al cielo ni girar la cabeza por el mareo. Con el movimiento nuestras deformadas vértebras comprimen las delicadas arterias que atraviesan complicados desfiladeros y las neuronas no pueden trabajar porque no les llega “riego”. Los discos están herniados, los nervios pinzados y los músculos contraídos por el apretón del estrés.
El “ejército de salvación cervical” se ha puesto en marcha: fisios, osteópatas, quiroprácticos, masajistas, energizadores, acupunturistas, homeópatas, fármacoterapeutas, herboristeros, maestros de yoga, gurus, curanderos… todos ellos hablan de “las cervicales”, de su lamentable estado y de la bondad de sus remedios.
– Tengo cervicales…
– Todo el mundo las tiene. Sin ellas no podríamos observar adecuadamente el mundo. Forman parte del aparato visual.
– Bueno, no sé a qué se refiere. Me duelen las cervicales y me mareo. Me han explicado que tengo mucho desgaste y que la sangre no llega bien a la cabeza.
…
El cerebro está hecho un lío con lo de “las cervicales”. Ya no se atreve a mirar, a palpar el mundo. Ha renunciado a activar el exquisito juego de movimientos de cabeza-cuello, sus infinitas combinaciones perfectamente ajustadas al movimiento de objetos y ojos y ahora mira con temor con el rabillo del ojo o girando todo el cuerpo sobre la pelvis. Mantiene el programa de alerta con la contracción preventiva de los músculos del cuello, con el umbral de dolor bajo, con la incertidumbre de la caída in mente…Toda previsión es poca.
El Homo sapiens (ma non troppo) moderno tiene su tendón de Aquiles en el cuello. Quién lo iba a decir…
No hay que alarmarse. ¡Siempre nos quedarán los collarines!
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