La migraña se resiste

Para los que no hemos tenido migrañas es difícil imaginar el infierno de la crisis. El cerebro está actuando desde la perspectiva de un episodio inminente de muerte celular violenta en la cabeza y expresa, a través del dolor, la intolerancia sensorial y los vómitos, su preocupación primero, la angustia más tarde y finalmente el pánico. De sus circuitos ha surgido la previsión de peligro y se han encendido las alarmas. El individuo se ve envuelto en el programa y debe deshojar la margarita de sus decisiones, sometido a la presión del miedo al sufrimiento de anteriores episodios.
Hay dos estrategias básicas frente a la crisis: 1) someterse a las exigencias del programa, compartiendo el pánico cerebral, aunque desde la perspectiva del individuo, o 2) enfrentarse.
El cerebro teme la muerte celular y exige una conducta defensiva al individuo. Esa conducta consiste en suspender la actividad en curso, desconectar con el mundo, eliminar lo comido y tomarse el catalogado como protector o antídoto, el “calmante”. Esa es la propuesta cerebral. Si no se ejecuta, el programa gana intensidad hasta alcanzar un zenit, variable para cada individuo. Si el “calmante” está catalogado como altamente eficaz, la toma precoz abortará la crisis y la demora hará especialmente insufrible el episodio para el individuo. Es comprensible la decisión de tomar el calmante desde la perspectiva a corto plazo de evitar en ese momento el sufrimiento. Sin embargo el episodio quedará recogido como una experiencia que ha validado y reforzado los augurios que lo iniciaron. El medio y largo plazo queda hipotecado: la migraña (la fobia a la necrosis y la adicción al “calmante”) gana. Somos humanos.
El cerebro no es una persona, otro YO, que reside en la cabeza y maneja los programas desde una personalidad hipocondríaca irredenta. En ocasiones las entradas del blog dan esa impresión por buscar claridad pedagógica. Estamos hablando de una red de memoria-predicción que contiene una atribución de probabilidades a cada instante y lugar y que si toca un día (con o sin desencadenante) olfatear peligro, activa automáticamente el programa de alerta. La red tiene tendencia biológica a sobrevalorar los peligros pero, sin el empujón de la cultura migrañosa, probablemente alcanzaría un nivel aceptable de racionalidad y existirían menos migrañosos.
Podemos desarmar los contenidos de esa cultura y sustituirlos por conocimiento. Desde ese conocimiento podemos tratar de influir en las probabilidades que la red concede a que la cabeza sufra episodios de necrosis. La herramienta es la convicción de que dentro de la cabeza no sucede nada. No hay aumentos de presión, las arterias no están inflamadas, no hay paroxismos neuronales, toxinas, deficiencias ni excesos. No va a estallar ningún vaso. Sólo miedo virando al pánico. Es como si… Una simple posibilidad teórica de que se infecten las meninges o estalle una arteria pero altamente improbable. Se trata de una fobia interna, una superstición, un pálpito cerebral, una corazonada neuronal. Si se deja llevar del miedo ha perdido la batalla. Sólo le queda obedecer el ritual de los conjuros terapéuticos y la aceptación del escenario que el programa le exige.
Imagine una “crisis” de comprar un décimo de lotería en Navidad. Es lo contrario de una fobia: un deseo irracional respecto a un hipotético e improbable suceso gozoso (pongamos medio millón de euros). Sólo hay dos maneras de solucionar el problema: 1) compra todos los décimos que le ofrecen (décimopatía crónica diaria) o 2) los rechaza todos valorando la probabilidad real (casi nula) de que consiga la pasta gansa. Si compra los décimos accederá a una pequeña ilusión de hacerse millonario pero, sobre todo, se habrá librado de la angustia-pánico de no comprarlos, imaginando la escena de todo el barrio abriendo champán y usted sin el décimo. Si decide “echarle valor” y abstenerse, debe olvidarse del sorteo. De otro modo pasaría unos días atroces pensando en la posibilidad perdida del gordo.
El “calmante” es el décimo de lotería. Si no se toma (compra) aparece el sufrimiento, la presión cerebral hacia una conducta inadmisible. El cerebro activa premios y recompensas para encarrilar nuestra conducta. El dolor penaliza lo que estamos haciendo o lo que dejamos de hacer y la recompensa cerebral por nuestra conducta en la crisis es retirarnos el castigo. Para ello tenemos que contentarle, calmarle, o cambiar sus chips del pánico.
Un “calmante” muy eficaz esconde un cerebro muy asustado.
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