Aura migrañosa (migraña con aura)

El descubrimiento
En 1944 el investigador brasileño Aristides Azevedo Pacheco Leao estaba investigando en Harvard la propagación de la actividad epiléptica en la corteza cerebral de conejos. Colocaba unos electrodos de registro a lo largo de la superficie cerebral y procedía a estimularla en un punto. Esperaba que con el estímulo se produjera una actividad eléctrica aumentada que luego se propagaría a lo largo de la red donde oportunamente había colocado los electrodos de registro.
Ante su sorpresa, lo que se propagó no fue una hiperactividad, sino un apagón. La zona excitada, tras un chisporroteo inicial, se silenciaba y ese silencio se iba propagando a una velocidad fija por las conexiones de las neuronas vecinas. Un barrio cerebral se había ido quedando progresivamente sin luz. Al cabo de un rato esta volvía, primero por donde se había iniciado el apagón y más tarde siguiendo el camino de propagación previa de la onda de oscuridad.
Leao fue consciente de que aquello quería decir algo y se lo comunicó, excitado, al jefe, quien no hizo el menor caso. El cerebro del conejo estaba a la vista y al investigador brasileño le llamó la atención que tenía un color escarlata, es decir, con sangre bien oxigenada. Eso le hizo desechar la hipótesis de que el apagón era por falta de alimento a las neuronas. Puede que Leao fuera migrañoso y el apagón y su progresión le sugirió también que podía explicar el fenómeno migrañoso del aura.
Leao era naturalista, observador curioso y libre de los hechos. Ello le permitió captar un dato, hacerse preguntas y proponer hipótesis. Los neurólogos, en cambio, estaban atrapados en el llamado pensamiento diatésico, en la explicación de todo por un mecanismo universal, de moda. En aquella época era lo circulatorio. Todo era una cuestión de vasodilatación-vasoconstrición. Los fármacos antimigrañosos eran eficaces porque imponían el calibre arterial deseado: el aura aparecía porque una arteria se constreñía y el dolor porque se dilataba. El objetivo del remedio para el dolor era claro: evitar la dilatación.
¿Qué es el aura?
Actualmente, casi unánimamente, se admite que el apagón se produce por un calentón neuronal local. Leao conseguía el calentón toqueteando la corteza directamente. ¿Qué es lo que dispara, en la migraña, la chispa inicial causante del apagón en el barrio? Los neurólogos siguen sosteniendo la tesis de los genes, los responsables de crear un estado de hiperexcitabilidad cortical.
En la consulta utilizo una metáfora doméstica para explicar el aura: imagine una ciudad con tiendas de ultramarinos. Cada día los ciudadanos van a proveerse de alimentos y, habitualmente, los encuentran. El comerciante repone el aceite en función de los consumos habituales y, generalmente, no falta. Supongamos que se rumorea que va a subir el precio de forma notable y que ese rumor tiene éxito en un barrio. Al instante, los ciudadanos harían acopio de aceite antes de que suba y se produciría un desabastecimiento que iría extendiéndose por toda la ciudad. Tras la onda de desabastecimiento vendría la onda de reposición.
La corteza cerebral migrañosa es hiperexcitable, como todas las cortezas. Para ello sólo necesita cuestiones excitantes. Cuando algo relevante sucede, la corteza se excita, evalúa el suceso, responde y cuando cesa el evento se apaga. Cuando va a faltar aceite, cada ciudadano se excita, va a por otra botella y recupera la calma. El problema son las expectativas y el contagio social. La red neuronal es chismosa, agorera e influenciable. Los bulos culturales pueden encontrar en cualquier momento acogida en un grupo neuronal incauto y alarmista e iniciar la propagación del rumor de la subida del precio del aceite. La onda de preocupación se extiende… como una mancha de aceite, claro. El aura está servida.
La migraña plantea el dilema de los genes (nature) y/o la crianza (culture). Es una cuestión absurda: es como plantear el dilema de si el agua es oxígeno o hidrógeno. Los genes humanos determinan una corteza excitable, imitadora, enculturizable. Hay genes más proclives a la vigilancia y otros más a la aventura. Ninguna genética determina la aparición espontánea de auras ni dolor. Sin embargo la cultura, sus contenidos, pueden encender agrupaciones neuronales, generar excitabilidad no justificada y propagar por la red expectativas que generan un consumo de corriente superior al que las baterías neuronales pueden afrontar.
No haga caso de los bulos migrañosos. Mire lo que les pasa a los neurólogos por hacerlo…
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