A vueltas con el mareo
Estamos acostumbrados a percibir el mundo (incluído nuestro propio cuerpo como parte de ese mundo) como algo estable, ordenado, con sus objetos bien diferenciados, algunos quietos y otros moviéndose, a una distancia y movilidad controlada (en velocidad y dirección).
Podemos navegar por una calle muy poblada por ciudadanos que se desplazan con prisa sin que colisionemos con ellos. Sutilmente anticipamos la intención de la dirección del otro y hacemos una leve corrección en dirección contraria. El otro, a su vez, capta nuestra intención y refuerza su decisión previa de desviarse de forma correcta, complementaria.
En raras ocasiones aparece el extraño fenómeno de elegir la corrección en la dirección equivocada amplificando el error: «uno mismo» y «el otro a esquivar» nos empeñamos en actuar en espejo, provocando una situación cómica potencialmente irresoluble, con un desplazamiento erróneo in crescendo.
Cada vez que movemos los ojos, el cuerpo o la cabeza, se provoca un desplazamiento del mundo en la retina en dirección contraria y se activa un reflejo ocular que arrastra los ojos en la misma dirección. La vista y los receptores de aceleración y gravedad del oído aportan datos a diversos centros neuronales que permiten, junto a los registros de memoria de movimientos previos en esos mismos entornos, construir una hipótesis probabilística de dónde está nuestro cuerpo en el espacio, con una garantía aceptable de no caída.
Todo este barullo de procesos se realiza sin que nosotros tengamos ninguna constancia. No sentimos nada mientras navegamos por el mundo (habitación, renglones de un libro, calle, supermercado…) hasta que un mal día percibimos una extraña, confusa y preocupante sensación de falta de garantía de estabilidad. Sentimos mareo.
El mareo expresa la incertidumbre cerebral respecto a las garantías de estabilidad. El cerebro no las tiene todas consigo. No es necesario que suceda nada. Es como un presagio, un pálpito, una corazonada (bueno, una cerebrada), un mal augurio.
El cerebro nos mezcla el pasado, presente y futuro y nos lo presenta como si sólo existiera el momento actual. Con su extraordinaria capacidad de simular la realidad nos hace creer que está sucediendo, o está a punto de hacerlo, lo que él construye como posibilidad-probabilidad temida.
…
- ¡Bájate de ahí que te vas a caer y te vas a matar! ¡Agárrate bien! ¡Mira bien dónde pisas!
…
Los angustiados padres observan preocupados a sus niños y desearían, a veces, que se estuvieran quietos para poder recuperar ellos el sosiego. Si dispusieran de un mando a distancia que indujera en el niño la sensación de mareo, apretarían el botón:
…
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué no sigues jugando?
- Estoy mareado. No sé qué me pasa…
- Siéntate un poco y descansa…
…
Si la preocupación procede del cerebro de la criatura el diálogo sería algo distinto:
- ¿Qué te pasa?
- No sé. Estoy mareado
- Tienes mala cara… ¡Vamos a urgencias!
…
Es muy raro que detrás del mareo haya un cerebro lesionado. Generalmente sólo hay un cerebro preocupado, inseguro… alarmado.
El paciente con mareo acude a buscar explicaciones y soluciones donde su médico de cabecera. No es fácil explicar y solucionar en unos pocos minutos el tema del mareo. Habitualmente no se da una explicación, probablemente porque no se dispone de ella, y se soluciona el espinoso tema de «la solución» con un producto imprescindible (para el médico y para el paciente): Dogmatil. Es el equivalente a la aspirina en el dolor.
Afortunadamente, dispongo de tiempo y (eso creo) de respuestas sobre el origen del mareo. Con calma, intento explicar el complejo tema de la percepción, la integración de datos sensoriales con los archivos cerebrales, el cálculo de probabilidades, el alarmismo cerebral…
La cara del paciente expresa un cúmulo de vivencias, comprensibles pero desesperantes. Muchas veces estoy tentado a cambiar de actitud y dejarme de complicaciones pedagógicas…
- No se preocupe. Son los nervios, quizás el oído, o, a lo mejor, las cervicales. No, no creo que tenga nada en la cabeza. Va a tomar Dogmatil… Le pido unas placas del cuello y consulta al Otorrino.
- El Dogmatil no me hace nada. Ya me lo dió el médico de cabecera y el Otorrino me ha dicho que no es del oído…
…
Las veces que se ha tambaleado mi vocación de neurólogo probablemente ha sido cuando he comprobado mi icompetencia y/o impotencia para conseguir contentar a los pacientes con mareo.
- No deje que el mundo le dé vueltas; dé usted vueltas por el mundo… En libertad, sin cargos… Está usted sano.
- No me convence. Pediré una segunda opinión…
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