El Yo y el no YO (el anti YO)

La vida de cada individuo es una película en la que no está claro quién es el guionista. Como antaño, en la peli hay buenos y malos y, por supuesto, está el héroe, “el chico”, el YO.
La superficie y el interior del aparato digestivo (que es una parte de la superficie interiorizada) rebosa de individuos que quieren entrar (los malos) o que viven allí aprovechando que hay abundante comida, aunque muy disputada. Al otro lado de la frontera del epitelio digestivo está el santuario interno, el mundo del YO. En el santuario no se permite la presencia de ningún individuo celular ni proteína extraña. Si lleva marca de no pertenencia, se da por sentado que va a causar problemas y el Sistema Inmune procede a su neutralización. Los de casa no llevan ninguna marca, estrellas de David o equivalentes. Se han eliminado durante el desarrollo embrionario. La cuestión del Bien y el Mal, el Maniqueismo, está claro: los de casa buenos y los de fuera malos. No hay presunción de inocencia.
Polly Matzinger cuestionó el modelo y propuso que el Bien y el Mal se expresan a través de sus obras y que, si en el barrio no hay delitos es porque lo habita buena gente, sean YO o no YO. Los transplantes serían rechazados no por foráneos sino porque el cirujano ha destruido tejido al hacer el injerto y alguien tiene que pagar por ello. Lo lógico es que los responsables de la necrosis sean esos nuevos individuos no YO que acaban de entrar al recinto. Los individuos YO llevan allí mucho tiempo residiendo y, hasta ese momento no había habido problemas.
Janeway propone que no todos los de fuera son malos pero que hay algunos clanes no YO especialmente peligrosos. Afortunadamente el genoma guarda algunas señas de su identidad, los PAMPs (Patrones Moleculares Asociados a Patógenos), que les delatan. Los malos son los no YO infecciosos. El Sistema Inmune detecta sus marcas y los neutraliza.
Mientras tanto las células del YO nacen, viven, envecejen y mueren reposada y programadamente. Las hojas de los árboles se caen en otoño (apoptosis) y las células del organismo sufren también la caída del árbol del organismo cuando toca. Sufren apoptosis.
La muerte violenta (necrosis), la inducida por gérmenes, desgarros, compresiones, corrosiones, asfixias y quemaduras, activa la bendita inflamación.
La muerte programada (apoptosis) sólo da lugar a una respetuosa, silenciosa y solemne retirada de los restos celulares. No sólo no hay inflamación sino que se produce un estado aún más interesante: el Sistema Inmune activa la antiinflamación, tan necesaria como su contraria.

Dibujo de Uxúe Maturana
Ya no se trata sólo de si son de casa o de fuera, de si se portan bien o mal. La cuestión es que no haya muerte violenta (necrosis) tal como sugiere Polly pero, además, que tengan una buena muerte apoptótica. Un cadáver celular siempre es peligroso, contiene sustancias peligrosas e inciertas y los fagocitos deben andar rápidos. La tensión entre inflamación y antiinflamación es constante en el ajetreo de nacimientos y muertes celulares. Puede surgir la desmesura en cualquier momento, tanto como inflamación excesiva ante la necrosis como antiinflamación insuficiente con la apoptosis.
El YO contiene innumerables micro-YOs (microepisodios) que nacen, se desarrollan, envejecen y mueren. Está sometido a la tensión de las fuerzas contrarias de los sucesos pro YO y los anti YO. Tampoco es fácil encontrar la medida adecuada de las respuestas preventivas. Hay excesos y defectos.
El cerebro migrañoso imagina una cabeza sensible y vulnerable, amenazada por el bombardeo de estímulos físicos y psicológicos de la vida moderna, y activa, desasosegado, los botones de las alertas de la necrosis temida. No se fía del viento, del sol, los descensos de estrógenos, los viajes ni del chocolate. Son micro-no-YOs peligrosos, casi gérmenes.
El anti YO se ha colado incluso hasta el genoma y ha vuelto sensible al cerebro, el órgano mejor protegido del organismo, encerrado en su caparazón óseo y meníngeo. Según los neurólogos el anti YO reside precisamente allí en las propias meninges, en el cuerpo de guardia de élite.
Las terminaciones nerviosas del trigémino meníngeas son las que montan el barullo y mantienen el desasosiego cerebral… según parece.
Para mí que no son las meninges sino los asesores del gabinete cerebral los que le calientan la cabeza y hacen que esté dándole al botón del peligro continuamente para mantener al YO en guardia.
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