Ay!, me sube la colecistoquinina

Los estados cerebrales sufren vaivenes a golpe de chorretones de unas pocas moléculas que se producen en pequeños núcleos neuronales y se dispersan a lo largo y ancho de la red neuronal. Nuestros estados de ánimo y desánimo, motivación-desmotivación, placer-desagrado, rabia, angustia y demás se mueven al compás de estas pocas pero poderosas sustancias.
Unas son más famosas que otras. ¿Quién no ha oido hablar de las endorfinas, serotonina y adrenalina? Quizás a algunos les suene la dopamina y (creciendo) los endocannabinoides pero dudo que les digan nada la acetilcolina y la oxitocina.
Hay un empeño en clasificarlas como buenas y malas. Las endorfinas y la serotonina son las mejores, las deseables, las “drogas de la felicidad”. Si ha perdido la ilusión es porque su cerebro no fabrica suficiente serotonina. No se preocupe: podemos subirla. El cerebro no es mas que un órgano endocrino. Es como la glándula tiroidea. Si cae la producción de la hormona lo solucionamos desde fuera.
¿Le falla la serotonina? Tenemos algo para usted…Prozac.
La receta de la felicidad es sencilla: la polipíldora que tiene un poco de todas las moléculas buenas para uno mismo: serotonina, morfina, dopamina, adrenalina y un poco de oxitocina si se levanta con ganas de sentirse solidario.
El escritor británico Aldous Huxley se adelantó en 1932 al tiempo actual con su novela Brave New World , Un Mundo Feliz, en la edición castellana. Sus personajes disponían de Soma, el comprimido mágico que neutralizaba cualquier disconfort físico o psicológico.
No disponemos aún de la tecnología para fabricar Soma pero tenemos ya bastante instalado el espíritu para consumirlo cuando esté en el mercado.
La OMS declaró el 8 de Octubre de 2004 el Día Internacional de la Lucha contra el Dolor y proclamó, de forma insensata, que más o menos, el que tiene dolor es porque alguien no hace lo que debe: el paciente o el profesional.
Los pacientes con migraña acuden angustiados a la consulta a pedir la solución: “déme algo para que se me quite el dolor” y no entienden que no disponemos de ese poder. Tenemos medios de mitigarlo cuando hay una lesión detrás. Podemos ayudar a las moléculas buenas del organismo con un plus externo de morfina, serotonina y adrenalina pero cuando el dolor proviene de un error de valoración de peligro por parte del cerebro la cosa no funciona tan fácilmente.
Al cerebro no le gusta que le marquen el camino y no consiente que le boicoteen desde fuera sus decisiones. Si introducimos desde fuera morfina (o un modesto analgésico-antiinflamatorio) para eliminar el dolor el cerebro acaba incomodándose y sube la colecistoquinina.
Y eso… ¿“qué es lo que es…, co…qué?”
Co-le-cis-to-qui-ni-na, “la molécula mala”, la que se come con patatas la analgesia que nosotros queramos imponer en nuestro cuerpo.
!Más serotonina¡ como pide una mú(p)sicofarmacológica propuesta de la cantante Verónica Romeo.
Puede ser pero !Ay, me sube la colecistoquinina¡
Tampoco hay que preocuparse. Utilizaremos un “anticolecistoquinínico”. Pronto estará listo en el mercado.
No es fácil llevar la contraria al cerebro. Aparentemente podemos imponer nuestra ley en el interior, podemos bloquear, por ejemplo, los excesos de dopamina causantes de las voces amenazantes oidas por los pacientes psicóticos…Dejarán de oirlas tras el fármaco pero como comentaba un paciente:
¿“Dónde se han metido esos cabrones que no oigo sus voces…”?
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