Migraña y mujer
Ilustraciones: Ramón Echávarri
en medio, Uxúe Maturana

El dolor no justificado biológicamente, es decir, no asociado a daño necrótico, es más frecuente en la mujer. La migraña, fibromialgia y, el dolor crónico, afectan más al género femenino.
Oficialmente se despacha la cuestión culpando a “los factores o cambios hormonales” y dejando entrever una psicología especial de la mujer respecto al dolor, no siempre bien intencionada y generalmente injustificada.
Si partimos de los hechos, que es de donde hay que partir, la migraña es más frecuente en la mujer que en el hombre y se deja influir por diversos estados hormonales femeninos: se inicia con frecuencia con la menarquia, aparece con frecuencia con la menstruación, disminuye con el embarazo y se retira a menudo con la menopausia.
Jon-Kar Zubieta es un reputado investigador bilbaino sobre estrógenos, opiáceos endógenos (“endorfinas”, para entendernos) y efecto placebo. Trabaja en la Universidad de Michigan y es el primer referente mundial en esta materia.
Zubieta ha mostrado dos hechos importantes:
1- en fase de ascenso de estrógenos, aumenta la población de receptores de opiáceos en los circuitos nociceptivos (los que activan y desactivan la percepción de dolor). Eso quiere decir que cuando suben los estrógenos (ovulación) el organismo dispone de más analgesia, habrá menos dolor.
2- el efecto placebo produce los mismos cambios que la administración externa de morfina y los estados de estrógenos altos.
Estos hechos se pueden interpretar de diversas maneras.
Oficialmente se toma el primer dato: “los estrógenos modifican el umbral del dolor”, para concluir que eso explica ¿? que duela la cabeza con la menstruación (¿por qué no el codo o las orejas?) y que se suavice la migraña con la menopausia.
El segundo dato, como es habitual en “Medicina”, no se considera.
¿Cuál es mi punto de vista?
Primero: situemos a la mujer en un entorno previo a la civilización actual, antes de la aparición de la agricultura-ganadería y la residencia en poblaciones estables, es decir, hace más de 10.000 años. Había que ir a por comida sin ser comido y, periódicamente, además, había que buscar un varón para tener descendencia.
La ovulación, a través de los estrógenos, inducía un cambio conductual global con más riesgos físicos. Siempre que el individuo se expone, por motivos biológicos, a un riesgo físico se produce un aumento de la provisión de opiáceos para poder andar espabilado y ligero en la lucha-huida (“analgesia de estrés”).
La menstruación, con su descenso de estrógenos, con la liberación de señales externas olorosas (útiles para los carnívoros) genera un estado de vulnerabilidad y devaluación biológica (infertilidad momentánea). El organismo femenino activa un estado de “casi enfermedad” y desmotivación hacia la exploración externa. Ello implica un bajón de opiáceos con un descenso del umbral para el dolor.

En resumen: un episodio de necrosis con estrógeno alto produce menos dolor que con estrógeno bajo. Si la mujer se golpea la cabeza contra una esquina dolería más si está menstruando. Por supuesto si en ese momento aparece un león el cerebro inyectaría rápidamente los opiáceos para salir pitando, sin dolor, por mucha menstruación que hubiera.
El organismo femenino tiene mucho más valor biológico (como garantía de continuidad de la especie) que el del varón. Hay mucho espermatozoide disponible pero no tantos óvulos. Es lógico que la naturaleza haya seleccionado un patrón femenino de mayor atención (vigilancia) al daño. La red nociceptiva, tanto inmune como neuronal, está más alerta en la mujer y, en nuestra civilización, comete más excesos (migraña, fibromialgia, enfermedades autoinmunes) que la del varón.
El varón tiende a un patrón conductual de riesgo físico que incluye incluso exhibición de arrojo rayando con la temeridad (pavoneo en campo abierto). Eso implica una red nociceptiva algo más silenciosa (y más daño necrótico en las exhibiciones y peleas territoriales).
Todo esto vale para la sabana. En nuestra sociedad estas previsiones biológicas ya no tienen sentido pero paradójicamente se han sensibilizado. A menos peligro real más vigilancia. Sucede lo mismo con los alimentos: a más supermercados más hambre… y más obesidad.
La mucosa uterina, preparada para acoger el huevo, se despega suavemente del útero en la menstruación, sin provocar ninguna reacción inflamatoria. Evidentemente la zona de anidación frustrada estaba muy dotada para la vigilancia, con muchos nociceptores y todo tipo de programas de alerta para proteger a la futura criatura. Hay mucha prostaglandina por allí pero no se envía al cerebro para que encienda las alarmas por si esa situación pudiera generar muerte en el cráneo.
El organismo es muy sensible a los cambios, sean hormonales o meteorológicos. Les toma la medida y selecciona estrategias pero ningún cambio justifica el encendido del programa dolor.
El cerebro, biológicamente sensible a las novedades, es más sensible aún a la cultura experta. Quizás haya que buscar ahí la causa de lo que sucede:
la interacción entre una naturaleza vigilante y una cultura alarmista.
Comentarios (15)
Los comentarios están cerrados.