Dolor y daño
En la migraña hay dolor pero no daño. El lenguaje confunde ambos conceptos y es fundamental distinguirlos nítidamente.
Daño se refiere a la alteración de la integridad de algo. En el tema del dolor, desde el punto de vista biológico, es decir, celular, se presupone que nos referimos al daño violento, necrótico.
El daño necrótico es un hecho ofensivo, negativo. Ha destruido una zona y pone en peligro la integridad de las células vecinas. Algo debe hacerse para limitar su poder letal. El organismo, a través del Sistema Inmune y Nervioso detecta la necrosis y pone en marcha la respuesta inflamatoria salvadora. El dolor forma parte de esta respuesta.
Dolor es una percepción de vivencia negativa, desagradable, que notifica al individuo el suceso necrótico y le presiona a participar en la defensa. Es, por tanto, defensivo, necesario, beneficioso.
Tal como hemos indicado en anteriores entradas no existen receptores, circuitos ni centros del dolor. No hay neuronas que detectan el dolor.
En su lugar existen receptores del daño necrótico, neuronas que lo detectan y disparan con sus señales de peligro la inflamación a la vez que envian mensajes S.O.S. al cerebro. Esos mensajes angustiados de las células en peligro son los que encienden el programa dolor. Hay neuronas distribuidas por diversas zonas cerebrales que construyen (no sabemos cómo) esa peculiar y poderosa percepción que llamamos dolor.
Cualquier cosa puede desencadenar dolor si se le acopla la convicción de peligrosidad o inconveniencia. Todo puede ser un desencadenante. Sucede lo mismo con la alergia. Todo puede desencadenar una reacción alérgica.
Todo puede inducir al error al Sistema Inmune y al Sistema Nervioso.
Lo irrelevante no produce daño, no tiene ese poder. Para destruir células y tejidos hace falta aplicar una suficiente energía destructora: térmica, mecánica, biológica o química. Los famosos y tediosos desencadenantes, tan queridos por los neurólogos, no contienen ninguna capacidad oculta de destrucción. El viento Sur sólo es destructor si arranca una rama y nos cae encima de la cabeza. El sol se limita a calentar y enrocejer levemente la piel. No produce el efecto de una quemadura por una llama.
Una crisis migrañosa no desenmascara una condición de enfermedad, tal como sostienen la mayoría de los neurólogos. El cerebro migrañoso no es frágil, sensible ni vulnerable. No hay cambios físicos ni químicos que pongan en peligro la integridad del interior del cráneo. No hay amenaza de daño necrótico.
La migraña desenmascara un error de evaluación de peligro. El cerebro migrañoso es robusto pero está equivocado. No hace falta cortarse la cabeza para acabar con el dolor. Basta con desbaratar las convicciones cerebrales de amenaza de necrosis. Basta con desactivar en la red el temor al daño.
Las terapias “eficaces” consiguen apagar la furia migrañosa a base de calmar la angustia cerebral. No hay moléculas, ensalmos, energías, ni conjuros que disuelvan con su poder el dolor. Si aparentemente lo consiguen es porque han engañado con una mentira piadosa al asustado cerebro.
No es recomendable solucionar un engaño al cerebro con otro engaño. No tiene sentido asustarle con una patraña como la del chocolate para calmarle con otra como la de cualquier terapia.
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