Alerta roja

Hay neuronas cuyo trabajo es detectar las variaciones del mundo externo e interno. Recogen datos y los envían hacia los centros que toman decisiones. Otras se dedican a evaluar la trascendencia de estos datos. Las neuronas evaluadoras están alejadas de la realidad pero memorizan todo lo relevante del pasado y lo someten a un trabajo constante de “moviola”, tratando de extraer conocimiento y anticipar, desde las experiencias pasadas, estrategias de alerta para el futuro. Son neuronas especulativas que no paran de hacer cábalas, valorar probabilidades referidas a lugares, momentos y actividades programadas por el individuo.
Las decisiones cerebrales surgen de la integración de los datos sensoriales aportados por las neuronas vigilantes sobre lo que está sucediendo en ese momento y lugar y las especulaciones de lo que pudiera suceder del cerebro teórico.
La mayoría de las decisiones cerebrales se derivan de un cálculo de probabilidades. El cerebro interviene teniendo en cuenta lo que, desde su punto de vista, pudiera suceder. Esos posibles-probables sucesos pudieran producirse en determinados momentos (mañana, tarde, noche, fines de semana, jueves…) circunstancias (menstruación, viajes, cambios meteorológicos…) lugares (oficina, casa…) o tras exposición a diversos estímulos (alimentos, frío, viento, humos…).
El dolor forma parte del programa de alerta frente a sucesos celulares tremendos, con resultado de muerte violenta (necrosis). Si se activa porque es sábado, hace frío o vamos de viaje podemos deducir sin posibilidad de equivocarnos que el cerebro ha valorado la posibilidad-probabilidad de que se va a producir una catástrofe en la cabeza (meningitis, hemorragia, aumento de presión…).
La evaluación de peligro necrótico es descabellada, infantil…pero el programa se ha activado con todas sus consecuencias…
Desde el cerebro saldrán flujos de señales que acabarán llegando a todas las neuronas implicadas en el estado de alerta: los sensores silenciosos se encienden y comienzan a producir señales de falso daño, las estaciones de relevo-procesamiento de esas señales las amplificarán y llegará al cerebro una información que parece confirmar los peores augurios. La espiral migrañosa está montada.
El mecanismo es similar al proceso de ruborizarse como un tomate. El cerebro especulativo atribuye a comentarios y situaciones una relevancia absurda y da órdenes a los capilares y vénulas de la cara para que se dilaten. La percatación del enrojecimiento es un estímulo que realimenta el circuito intensificando la respuesta hasta alcanzar un máximo.
Las neuronas responsables de conducir la orden cerebral de dilatación de los vasos cutáneos, son las mismas que indican a los sensores dormidos que se despierten: son las llamadas “fibras C con función eferente. Es cuestión de grado y de lugar afectado: en la ruborización se vasodilatan los vasos de la piel de la cara y en la migraña los de las meninges. El dolor no procede de la vasodilatación sino de la orden de encendido de los nociceptores silenciosos-durmientes. La cara no duele al enrojecerse pero la cabeza sí, pero no porque se hayan enrojecido las meninges sino porque se ha despertado a los sensores y alertado a los centros de procesamiento.
La migraña es, en el fondo, una alerta roja que debiera ruborizar no sólo a las meninges sino al propio cerebro por su despropósito y a los neurólogos por construir doctrinas indefendibles.
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