El sisterma neuroinmune emula la realidad que imagina
Los sensores de necrosis consumada o inminente pueden activarse por señales de muerte violenta, tras un desgarro, compresión, quemadura, corrosión o infección (necrocepción), por haber detectado energía térmica, mecánica o química peligrosa (nocicepción) o por miedo del sistema neuroinmune a que se pueda producir la necrosis, ya que siempre existe una posibilidad teórica, aunque sea altamente improbable (estrategia del error menos costoso).
El miedo neuroinmune a la necrosis se expresa en la conciencia como dolor y pone todo el sistema defensivo en alerta desde la periferia (sensores de nocividad consumada o potencial) hasta los diversos centros de procesamiento-respuesta.
A partir de ese momento cualquier estímulo puede producir señal (falsa) de daño y confundir a los centros evaluativos induciéndoles a pensar que va a suceder lo que se temía (sesgo de confirmación).
Las respuestas reflejas de evacuación vesical pueden ser facilitadas o inhibidas por las capas altas de procesamiento (circuito córticotalámico). Día y noche los centros de procesamiento de las señales sensoriales vesicales reciben información del volumen de orina que contiene la vejiga. A partir de una determinada tensión de las paredes vesicales se inducirá el vaciado reflejo, tal como sucede en los lactantes. Si la orina contiene gérmenes que han ocasionado una infección de la mucosa vesical, los sensores de daño consumado o potencial neuronales e inmunes detectan la amenaza y ponen en marcha la inflamación (cistitis). Percibiremos ¡en la conciencia la necesidad imperiosa de orinar que nos obliga cada poco tiempo a eliminar una orina evaluada correctamente como peligrosa. Una vez resuelta la infección se desactiva el despliegue inflamatorio y consiguientemente la proyección a la conciencia de evaluación de peligro, expresada en la conciencia como eliminación de la sensación de escozor y apremio a vaciar la vejiga. Orinamos cuando toca y el contexto lo permite.
En condiciones vesicales normales, en ausencia de infección (necrosis) y de un volumen excesivo de orina, el sistema neuroinmune evaluativo puede actuar “como si” hubiera peligro y activar el programa de eliminación frecuente de orina. En ese caso, notaríamos los mismos síntomas que en la cistitis (escozor y necesidad de orinar) pero el análisis de orina sería normal.
El sistema neuroinmune actúa intentando imitar la realidad. Nos presenta las hipótesis “como si” ya se estuviera produciendo aquello que tememos. Nos activa la sed “como si” estuviéramos resecos, el hambre “como si” estuviéramos desnutridos, el cansancio, dolorimiento y apatía “como si” estuviéramos enfermos y el dolor de cabeza y las nauseas de la migraña “como si” algo interno estuviera generando una situación de peligro necrótico en el interior de la cabeza.
La inevitable tendencia del sistema neuroinmune a actuar “como si” es la responsable de la migraña. Lo único que puede contener esa tendencia instintiva es la racionalidad, la consideración de que lo que el cerebro teme como teóricamente posible es ridículamente improbable. Hay que hacerle ver al sistema cada incidente de error y que lo evalúe como tal error.
Ya hemos expuesto la estructura fóbica y adictiva de la migraña. Podríamos también contemplar la estructura supersticiosa. El sistema neuroinmune cree que comer chocolate trae mala suerte a la cabeza… que puede producir meningitis o rotura de una arteria…
Suena descabellado pero es así o, al menos, es una hipótesis a considerar e investigar.
El sistema neuroinmune no es infalible. El aprendizaje puede minimizar las meteduras de pata o facilitarlas.
Los profesionales influimos poderosamente sobre las decisiones del sistema. Podemos ayudar a corregir los errores o lo contrario, formar parte del problema.
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