Migraña: cefalea ¿vascular?
Si entra en Google en este momento y busca: “cefalea vascular” le ofrecerá 116.000 entradas si lo hace en castellano y 386.000 si lo hace en inglés (“vascular headache”). Si no se da prisa en hacerlo puede que la cifra sea aún mayor.
Si padece migrañas y, sobre todo, si el dolor es pulsátil, es decir, se intensifica con cada latido arterial, imaginará un escenario preocupante en el que las arterias y venas de su cabeza, dentro y fuera, están sometidas a un ciclo diabólico de constricción y dilatación. Con una lógica cautivadora por su sencillez le explicarán que la constricción compromete la llegada de sangre al cerebro (eso explica que a veces se quede sin visión, lenguaje o sensibilidad, las “auras”) y la intensa dilatación golpea violentamente la pared arterial con cada latido creando una expectativa (infundada) de rotura de la delicada pared arterial en el interior del cráneo.
La explicación vascular de la migraña crea mucha inquietud pues plantea riesgos futuros de “infartos” y demencias por su acumulación en el tiempo.
No se inquiete. La teoría vascular de la migraña, planteada por un estudiante migrañoso de Gastroenterología, Harold Wolf, a mediados del siglo pasado, y que dió soporte “científico” a la utilización masiva de tóxicos arteriales, los “ergóticos”, es falsa.
Las arterias hacen lo que se les manda. Para cumplir su misión tienen músculos que hacen variar su calibre. Esos músculos no deciden hacerlo por su cuenta ni tienen ninguna característica anómala especial en los migrañosos. El cerebro organiza los flujos de circulación en el organismo, en función de las tareas. Si hay que hacer la digestión se dilatan las arteriolas del aparato digestivo, si el esfuerzo es mental se manda más sangre al cerebro. Si hay que huir de un león el flujo se dirige prioritariamente a los músculos y se suspenden la digestión (“corte de digestión”) y la actividad sexual (¿“coitus interruptus”?).
Durante décadas los tóxicos arteriales han aliviado millones de crisis migrañosas. Los ergóticos son compuestos derivados de un hongo parásito del centeno, el “cornezuelo”. Tienen un potente poder de contraer las arterias pero además simulan los efectos de los neurotransmisores cerebrales (dopamina, serotonina, adrenalina). Ello hace que confundan al cerebro. Si se aumentan las dosis, aparecen alucinaciones.
Un modo práctico, pero no recomendable, de dar fin a cualquier despropósito cerebral (y una crisis migrañosa es, ciertamente, un despropósito de nuestro bienintencionado pero a veces desesperante cerebro) es introducir lo que se llama en teoría de la información :“ruido”. Algo que perturba la transmisión de señal.
El ruido puede ser químico (fármacos), eléctrico (estimuladores de todo tipo) magnético (estimuladores actualmente de moda), energético-espiritual-astrológico o cognitivo (expectativas y creencias).
El cerebro reacciona al ruido de forma imprevisible pero, en ocasiones, suspende lo que se traía entre manos, por ejemplo una crisis migrañosa.
Hoy en día, casi nadie defiende la (antaño) teoría “científica” vascular de la migraña. Los neurólogos, tras una breve fase de transición (teoría neurovascular) hacia la actual teoría oficial aceptada: la teoría “neuronal”, han cambiado de paradigma (vascular-neurovascular-neuronal) sin pestañear y sin dar explicaciones.
Siguen saliendo de las Facultades de Medicina muchos doctores con la idea de que en la migraña todo se explica por el famoso y perverso ciclo de constricciones y dilataciones extremas de las arterias craneales.
La inercia al cambio es una propiedad característica de los procesos cognitivos cerebrales.
Hágame caso: no sucede nada anómalo, ni mucho menos, preocupante en su cabeza. Lo único preocupante, en todo caso, sería el alarmismo que su cerebro aplica a toda esta lamentable historia de las migrañas.
Las arterias de la cabeza, con o sin migraña, laten, se contraen, se dilatan… Son arterias ya se sabe…
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