Reflejos y reflexiones
Los circuitos neuronales contienen programas con respuestas preparadas genéticamente para determinados estímulos. A lo largo de la evolución se han ido seleccionando en función de su capacidad para resolver rápida y eficazmente situaciones de relevancia biológica.
Una vez aplicado el estímulo, se descarga la respuesta, que será siempre la misma. Se trata de una respuesta refleja: la pupila se cierra reflejamente si le aplicamos la luz de una linterna o el cuadriceps se contrae si lo estiramos previamente con el clásico golpe del martillo sobre su tendón.
La respuesta refleja es rápida, previsible, inmutable a lo largo del tiempo en su cualidad, aunque admite variación en intensidad y rapidez de disparo.
Muchos animales muestran únicamente respuestas de este tipo y sobreviven, generalmente en entornos fijos, predecibles.
Homo sapiens (ma non troppo) optó por el nomadismo y la interacción social y eso exige una red neuronal que complemente las prestaciones de las conductas reflejas. El estrecho margen de variación que admiten estas, no da para sobrevivir si estamos cambiando continuamente de entornos o si debemos tomar la medida a las intenciones de nuestros congéneres antes de tomar una decisión.
La red neuronal fué añadiendo capas de procesamiento en el cerebro primate que permitían considerar anticipadamente el comportamiento de la realidad y tomar decisiones pensadas, reflexivas.
Las respuestas reflexivas son (o pueden y deben serlo) cambiantes, elásticas. Se construyen con el aprendizaje y no disponen de una receta para acertar en el genoma. Este sólo facilita la infraestructura para el ensayo-error.
La estrategia de las conductas reflexivas exige un período de escolarización, tutelado por padres y expertos. Gran parte de las respuestas reflexivas del futuro están facilitadas por los valores y afrontamientos que nos sugieren nuestros educadores.
Las respuestas reflexivas pueden animar o contener las reflejas. Normalmente su influencia es inhibidora. Por ejemplo, la vejiga urinaria tiende a contraerse reflejamente a partir de un determinado volumen pero las capas de procesamiento reflexivo inhiben la respuesta, lo cual nos permite retrasar la micción (dentro de unos límites) a voluntad.
La cultura alarmista sobre cabeza, que, construye una idea absurda de vulnerabilidad al chocolate, los viajes, el viento Sur y otros cientos más de “enemigos”, dispone una red reflexiva irracional, hipocondríaca, alarmista.
La piel se vasodilata (enrojece) si se acerca a un foco de calor (respuesta refleja) pero también se pone roja si nos ruborizamos por un estímulo emocional (respuesta reflexiva, aprendida). Esa misma piel duele si nos quemamos (dolor reflejo) pero también puede doler si el cerebro ve amenaza allí (dolor reflexivo).
Los sensores de daño (nociceptores) silenciosos se despiertan si hay daño-inflamación pero también lo hacen si el cerebro olfatea peligro. Basta con que lo ordene para que lo hagan. Desde el cerebro descienden rápidamente flujos de señales eléctricas que conducen a la liberación de las mismas sustancias (CGRP, sustancia P) que despiertan a los nociceptores cuando ha habido ataque.
El cerebro, seleccionado para contener respuestas reflejas defensivas, se ha convertido en un órgano que las mantiene facilitadas absurdamente, a pesar de que nuestro entorno ha perdido peligrosidad física.
La migraña delata a un cerebro instruído en el temor a lo irrelevante.
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