Percepción
A través de los sentidos recibimos múltiples pequeños estímulos. Los objetos alejados reflejan luz (radiación electromagnética), liberan moléculas volátiles u ondas mecánicas sonoras y los cercanos o en contacto, energía térmica, mecánica o química.
La superficie corporal (piel y mucosas-frontera) está sembrada de sensores especializados en detectar parte de las variaciones energéticas que produce el exterior. Cada especie dispone de unas capacidades específicas.
Los datos recogidos por los sensores se transforman (transducen) en pequeñas corrientes eléctricas que viajan a través de los nervios a diversos centros, escalonados en capas, en los que se integra la información y se activan respuestas (conductas) en su mayoría desapercibidas por el individuo.
El entorno contiene tanto sucesos transcendentes como irrelevantes. El cerebro está continuamente evaluando la significación de lo que sucede a nuestro alrededor y únicamente nos presenta a la consciencia aquello que pueda tener interés.
Lo que percibimos no es, sin embargo, algo que procede directamente de la realidad y el cerebro se limita a seleccionar iluminándolo con una linterna. Si fuera así los mensajes serían confusos, improductivos. No acertaríamos a saber qué hay ahí fuera ni dónde está exactamente.
Al igual que necesitamos conocer un idioma para interpretar correctamente el significado de los sonidos de un interlocutor, dependemos del conocimiento del lenguaje en el que se expresa el entorno (luces, sonidos, olores, sabores, temperatura, textura) para interpretarlo y actuar en consecuencia.
El cerebro recibe los garabatos sensoriales y los convierte en un informe retocado que nos permite interactuar con sentido con los objetos del mundo. Imagina lo que quieren expresar estos garabatos de los sentidos como el farmacéutico imagina el significado de los garabatos de la receta que ha extendido el médico. Sin el cerebro del sufrido farmacéutico la receta sería algo indescifrable.
Percibimos aquello que el cerebro imagina que probablemente hay ahí fuera.
La función de interpretación de la realidad se complementa con la de su utilidad, su sentido, su valor de peligrosidad o conveniencia. Lo percibido lleva acoplada una vivencia de agrado-atracción o desagrado-evitación que nos empuja a acercarnos o alejarnos del objeto percibido. El cerebro, con la percepción, no solamente nos informa sino que nos sugiere, recomienda o, incluso, en determinadas situaciones, nos impone una conducta.
El dolor es una percepción que se activa cuando contactamos con un objeto externo potencialmente destructivo (algo que pincha, desgarra, comprime o quema). Contiene la propiedad del desagrado que nos fuerza a evitar el contacto. No se plantean demasiados problemas para identificar al objeto destructivo externo : una cazuela caliente, un traumatismo, el pincho de una rosa…
El interior también genera múltiples estímulos que se expresan en un lenguaje que el cerebro tiene que aprender para poder interpretarlo adecuadamente. Normalmente no hay problema en construir el conocimiento que permite interpretar y evaluar los estímulos naturales, cotidianos que genera el trajín de la actividad interna.
El problema surge de lo que el cerebro ve que sucede a otros (empatía) y lo que los expertos alertan de lo que puede suceder.
Percibir es imaginar… creer… temer… El cerebro está condenado a hacerlo, y si es necesario intentará extender al individuo sus temores (imaginados) y creencias.
La crisis de migraña contiene en el dolor, la intolerancia sensorial y las náuseas todo lo que el cerebro ha ido aprendiendo a interpretar como (falsas) señales de peligro en la cabeza.
Al percibir sabemos lo que el cerebro imagina-teme. La percepción hace que el cerebro en su afán por dar sentido a todo construya una cara en una nube…
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